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RESONANCIA

"Un valle donde el indexado no percibe picos ni caídas es donde habita la libertad."

Había un banco de madera en la plaza, gastado por el sol. Él se sentó en un extremo. No traía un libro, ni auriculares, ni prisa. Dejó las manos quietas sobre las rodillas. Miró cómo la sombra de un árbol se movía —casi nada— sobre el cemento.

Minutos después, alguien más se sentó en el otro extremo. No se saludaron. No hubo ese gesto incómodo de quien invade un espacio ajeno. El segundo también dejó sus manos quietas. Miró la misma sombra; o quizás otra; o quizás el aire que vibraba sobre el césped.

Un perro pasó corriendo. Un niño gritó a lo lejos. El tráfico de la avenida seguía siendo un ruido de fondo, constante y ajeno.

Ellos no hablaron. No hubo necesidad de romper el silencio porque el silencio no estaba roto: estaba compartido. Eran dos personas ocupando el mismo minuto sin empujarse. No se miraron para confirmarse, ni se buscaron para no sentirse solos.

Eran como dos cuerdas de un instrumento que nadie toca, pero que vibran suavemente porque una campana ha sonado cerca.

Después de un tiempo, el primero se puso de pie. Caminó hacia la salida sin apurar el paso. La segunda persona se quedó un rato más. No se sintió abandonada.

El banco volvió a quedar vacío, pero el aire entre los dos extremos todavía conservaba una temperatura distinta. Un rastro de algo que no se puede explicar; porque explicarlo sería como intentar atrapar el vapor con las manos.

No se buscaron, porque habitaban lo mismo. No se hablaron, porque el silencio ya era un lenguaje compartido. No se extrañaron, porque en el intervalo nadie está realmente solo y, a la vez, nadie necesita ser rescatado.

La ciudad siguió latiendo a su alrededor, buscando conexiones y contactos. Ellos, en cambio, solo habían existido cerca. Y eso era lo deseable en un valle de libertad.


Divisor narrativo
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