"Buscando el océano"
El océano estaba en calma esa mañana. Desde la costa podían verse las aguas transparentes, verdes como vidrio pulido. Bajo la superficie, los peces cruzaban en silencio y la luz dibujaba ondulaciones sobre el fondo. Algunos decían que, en ese lugar, el mar permitía ver la vida entera moverse.
Más lejos, donde el color cambia al azul oscuro, el agua acunaba mucha fuerza. Allí las corrientes se encontraban sin aviso: capas de temperatura distinta chocando entre sí para formar remolinos invisibles.
Muchos navegantes aseguraban conocer esas aguas, pero sus barcos desaparecían en espirales de incoherencia antes de alcanzar mar abierto.
En cada tormenta, los castillos de arena desaparecían como si nunca hubieran existido. Sin embargo, cada día, nuevos navegantes botaban sus embarcaciones. No todos llegaban a alejarse. Algunos naufragaban muy cerca de la orilla; sus barcos, construidos con prisa, se partían ante las primeras corrientes profundas.
Desde la costa parecía mala suerte, pero el océano no tenía la culpa.
Los pocos que regresaban contaban otra historia. Decían que, antes de navegar, habían pasado mucho tiempo en silencio, construyendo su barco lejos del agua.
Habían reforzado la estructura con preguntas. Habían soldado las uniones con filosofía. Habían cubierto el casco con ideas.
Al final, lo pintaron con una capa incorruptible de humanidad. Cuando finalmente empujaron la nave al mar, no buscaban costas cercanas.
Buscaban el océano entero.
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