“La duración vive en el margen del reloj.”
Juan aguardaba bajo su techo a que cesara la lluvia.
Necesitaba ir al centro comercial. Cuando la lluvia se detuvo, salió a la calle; el pavimento seguía oscuro.
De los cables caían gotas lentas. Los árboles soltaban sus susurros húmedos desde las hojas, y los desagües de las casas seguían goteando.
El hombre dio unos pasos, miró el cielo despejado y creyó que la lluvia había terminado.
Pero la ciudad continuaba mojada.
Anahí caminaba bajo su paraguas; las veredas estaban anegadas por los desagües y el viento empezaba a calmarse.
El cielo dejó de llover.
Con un movimiento automático, plegó su paraguas, pero se detuvo un momento.
Observó el goteo paciente de los árboles; las gotas caían una a una sobre el pavimento, y el agua corría aún por los bordes de la vereda.
La mujer siguió caminando.
Aunque el cielo ya estaba claro, la lluvia todavía habitaba la calle.
El niño, con gorro y campera de lluvia, desobedecía a su madre.
Ella le pedía volver a casa para no mojarse.
Él corría entre las gotas que caían de los árboles, esquivándolas como un héroe veloz de sus fantasías.
Saltaba dentro de los charcos y levantaba pequeñas explosiones de agua.
Cuando la lluvia cesó, él no se percató.
Para él, la lluvia seguía jugando en el suelo.
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