"Entre pulsos hay silencio."
El semáforo estaba en verde desde hacía varios segundos cuando el primero comenzó a correr.
No miró a los lados. Calculó la distancia, ajustó el paso y cruzó antes de que la luz cambiara. Al llegar a la vereda opuesta, miró el reloj. No sonrió, pero respiró con una satisfacción mínima, casi invisible. Siguió caminando sin detenerse.
El segundo cruzó detrás del grupo. No había apuro en su gesto ni intención en su pausa. Caminó cuando los demás avanzaron; se detuvo cuando el que estaba adelante lo hizo. Al llegar, no recordó el cruce. Ya estaba pensando en la siguiente esquina.
El tercero permaneció en la acera.
La luz verde siguió encendida. Nadie lo empujó. Nadie lo llamó. El tránsito fluyó como siempre. No parecía distraído. Observaba cómo una hoja giraba sobre la vereda antes de ser arrastrada por el viento. Miró después el reflejo de los cables en el vidrio de un edificio. El verde pasó a amarillo; el amarillo a rojo.
Entonces cruzó. Sin prisa, sin pausa.
En el ascensor, el primero pulsó el botón varias veces. El número rojo subía con una lentitud desesperante. Aprovechó el trayecto para responder un mensaje. Cuando la puerta se abrió, ya estaba poniendo un pie afuera.
El segundo miró su reflejo en el espejo. Se acomodó el cuello de la camisa. Cuando la puerta se abrió, salió junto a los demás, sin haber notado en qué piso se encontraba hasta ver el número en la pared.
El tercero apoyó la espalda contra la baranda. Sintió la vibración del motor al iniciar el ascenso. No miró el panel; no parecía esperar el piso. Cuando la puerta se abrió, permaneció un segundo más dentro, como si el movimiento aún continuara en su cuerpo. Luego salió.
En una sala de espera, el primero consultó el reloj cada pocos minutos. El retraso lo preocupaba, aunque no tenía nada urgente después de esa cita.
El segundo se perdió en la pantalla de su celular. Cuando pronunciaron un nombre parecido al suyo, levantó la cabeza con sobresalto.
El tercero miraba el vapor que salía de un vaso de café. El vapor desaparecía y volvía a formarse. No parecía buscar nada en esa repetición. Llamaron su nombre; tardó un instante en reconocerlo.
La ciudad continuó con su pulso: puertas que se abren, motores que arrancan, luces que cambian. El primero llegó antes de lo previsto. El segundo llegó cuando todos llegaban. El tercero llegó.
Nadie notó la diferencia.
Esa noche, el semáforo volvió a cambiar tres veces sin que nadie lo mirara.
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