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CORRIENTES DE CIUDAD

"El océano no termina en el puerto."

Miguel camina rápido entre los edificios del centro. Los semáforos cambian, los autos avanzan, las personas se cruzan sin mirarse. El ruido parece decidir el ritmo de todos. Al llegar a la esquina, un hombre tropieza con él; se miran apenas.

Podría responder con prisa, con fastidio o con indiferencia. Pero recuerda el mar lejos del puerto: no todas las fuerzas son visibles.

Respira. Un pequeño giro del timón.


Andrés trabaja en una oficina donde el día se mueve como una marea constante. Mensajes, decisiones, palabras sin pensarse demasiado. Alguien propone un atajo fácil; nadie parece oponerse.

Podría dejar que la corriente lo arrastre, pero ha visto lo que ocurre con los barcos construidos con prisa. Levanta la mirada. Dice lo que cree correcto.

El rumbo cambia apenas.


Marisa regresa a casa al final de la tarde. La ciudad sigue vibrando como un océano inquieto. Se detiene un momento antes de entrar. Durante años creyó que navegar pertenecía solo a quienes cruzaban mares lejanos; ahora entiende algo distinto.

Las corrientes atraviesan también las calles. La ética es el timón. Y la carcasa —con todas sus grietas— es lo que nos mantiene a flote.

No importa dónde estés. Océano o ciudad. Todos navegamos.


Divisor narrativo
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